Treinta años.
Recuerdo que en medio de la tristeza y el dolor que me embargaba aquellos días, en algún momento me puse a pensar que pasaría diez o veinte años después. Si la gente recordaría a Los Potrillos, qué andaría haciendo uno por la vida, tantas cosas. Era un adolescente adicto al fútbol y al Alianza Lima, mi Alianza Lima, y por eso mismo, la tragedia aérea del 8 de diciembre de 1987 en la que fallecieron 43 personas, incluyendo entre ellas el plantel completo del equipo blanquiazul, me afectó de una forma salvaje, brutal.
Treinta años.
Eran mi familia de los fines de semana. La excusa perfecta para compartir dobletes y tripletes domingueros con mi papá en el estadio. Comer un turroncito de aquellos, tomar una emoliente “con boldo” de las buenas. Desde que tuve uso de razón mis recuerdos pintan de azul y blanco, con ese aroma a estadio de fútbol que tanto extraño, enfundado en el uniforme con el escudo tejido a mano, que también me ponía en casa con los chimpunes “Olímpico” de suela de madera, propicios para dolorosos resbalones. Alianza Lima, mi Alianza. El Nene Teófilo Cubillas, mi jugador favorito, Ovación, un Perú en sintonía, porque donde se hace deportes, ahí estaba Radio Ovación. Fútbol, pasión, sentimiento. En casa ya sabían. Si volvía del estadio y me quedaba compartiendo o si llegaba directo a encerrarme en la habitación. No tenían necesidad de preguntar como había quedado el partido. El fútbol controlaba hasta el humor de las últimas horas de cada fin de semana.
Treinta años.
Curioso, pareciera que tengo que escribir todo eso previamente para justificar las lágrimas que derrame aquel aciago diciembre de 1987. O aquellas que me generan un nudo en la garganta cada fin de año aún hoy al acercarse estas fechas. O para excusar mi imposibilidad de ver videos en Youtube sobre aquella época. Vaya tontería. Nada tengo que justificar. Lo que sentí, lo sentí yo. A treinta años (¡30 años por Dios!) recuerdo cada vivencia con una claridad que duele. Hace siete años escribí lo que viví en esos días, en una fecha vinculada a María, la Madre siempre intercesora, y a John Lennon, faltaba más. Y hace cinco años, cuando veinticinco parecían una eternidad, decidí plasmar lo que recordaba de cada uno de aquellos dieciséis jugadores en el campo, en un intento de dejar claro a quien quiera leerlo, que no solamente fueron un plantel herido de muerte por la desgracia, sino un equipo de fútbol muy bueno con algunos jugadores que prometían la posibilidad de alegrías futuras a los aliancistas y a los peruanos.
Treinta años.
Hoy podría escribir diez mil palabras más. Pero me basta con recordarlos, como cada año. Porque los años atenúan el fanatismo. La vida te enseña a ver el fútbol en la justa medida -que en mi caso aún lo tiene demasiado pendiente para ser honesto, dicho ello sin el menor arrepentimiento-. Pero el corazón no olvida. Y aquellos muchachos que se fueron de La Victoria a la gloria, siempre vivirán en mi recuerdo. Desaparecieron en el mar de Ventanilla; pero jamás se irán de mi corazón blanquiazul.
Queridos Marcos, Caíco, Sussoni, Pechito, Reyes, Watson, Tejada, Mendoza, Peña, Chamochumbi, Cavero, Garretón, Tomassini, León, querido “Potrillos”: Pachito, José y el inolvidable 19, Lucho Escobar. Treinta años después, presentes. Siempre, pero siempre muy presentes.
Foto del encabezado: El Bocón. Once inicial de Alianza Lima en Pucallpa aquel aciago 8 de diciembre de 1987. Todos murieron en el regreso, aunque vivirán siempre en el recuerdo.