Recuerda que siempre fui sincero
Recuerda que siempre lo intenté.
Recuerda que te amé
Recuérdame y sonríe
Porque es mejor olvidar.
Que recordarme
Y llorar.
(Extracto de “Treasure” de The Cure
Traducción libre)
Desde que tengo uso de razón me recuerdo sentado junto a ti en un estadio de fútbol viendo a nuestro Alianza Lima. Fuera en el Nacional o en un Matute recién inaugurado, disfrutaba del equipazo que tenía por aquellos años nuestro equipo pero sobre todo disfrutaba de compartir esos momentos contigo. ¡Cómo nos gustaban esos turrones y su emoliente cuando hacía frío! ¿Te acuerdas aquella vez que nos aventuramos con esos panes con chorizo color rojo fosforescente? ¡Terminamos los dos intoxicados!. Ese llegar contigo, subir a la tribuna, comenzar a ver el verde cesped, esa sensación inigualable que tanto extraño. Tan futbolera. Tan de nosotros.
Recuerdo también lo que te gustaba la música criolla. Bueno, la música peruana en general, porque bien que te bailabas tu buen huayno y te emocionaba una buena marinera. Pero te gustaba cantar tus valses criollazos y con el tiempo después te gustaba escucharnos cantar. Bueno, a Teresa que es la que sabe, y a Cecilia y a mí hacer nuestro mejor esfuerzo, je.
Recuerdo lo que me gustaba ir a tu trabajo contigo. Ese olor a oficina bancaria, la complicidad de tus compañeros de trabajo, pedirte formularios que no usabas para jugar con ellos y, ya más grande, pedirte par de contómetros para llevar al estadio y tirarlos cuando saliera Alianza, siempre nuestro Alianza, aquél por el que lloramos juntos ese fatídico diciembre de 1987.
Recuerdo tu caída ese 14 de enero de hace mil años, cuando te embromaste el hombro. Escuchábamos el popurrí de samba de Two Man Sound en el tocadiscos cuando se escuchó el golpazo, tu quejido y el caos posterior correspondiente. Cada vez que escucho aquella canción (que después bautizaron como Samba Megamix), inevitablemente me viene el recuerdo de aquel momento.
Recuerdo cuando me llevabas al colegio. Ese primer momento del día donde en las clásicas mañanas grises de Lima –más grises con el bendito uniforme plomo- conversábamos y escuchábamos música. El trayecto siempre terminaba con el “Chau cholo” de tu parte y con un beso en tu mejilla de parte mía.
Recuerdo el día de mi examen de ingreso a la universidad. Notaste que estaba nervioso mientras me llevabas y me sorprendiste cuando me dijiste “¿por qué no pones a los pelucones esos que te gustan?”. Saqué el Standing on the Beach – The Singles de los ‘pelucones’ (The Cure, obviamente) y para cuando llegué a la Católica estaba relajadazo, efecto inevitable en mí de la música de Robert Smith y compañía. Además estaba de lo más contento porque no sólo te soplaste casi el cassette entero, sino que por si fuera poco escuchaste “The Caterpillar” y me dijiste que te gustó. ¡Te gustaba una canción de mi grupo favorito! Aún hoy en día cuando de repente suena el “Flicka flicka flicka here you are, cata cata cata cata caterpillar girl…”le digo a quien esté conmigo “esa era la canción de The Cure que le gustaba a mi papá”. Me tranquilizaste viejo, me dejaste en la universidad listo para tomar el examen.
Claro que recuerdo la década del noventa. Pero eso lo he dejado en el fondo del baúl de los recuerdos. No me interesa tenerlo presente. Para mi lo importante es que cerramos ese período con aquella charla que tuvimos en el food courtdel Jockey Plaza, ese 31 de diciembre de 2001 donde nos juntamos después de tanto tiempo. Hablamos lo que teníamos que hablar, nos dijimos lo que nos teníamos que decir, nos dimos un abrazo y comenzamos a recomponer una relación por entonces inexistente, pasito a paso, y de la mano de Dios, a quien le agradezco no haber permitido que los rencores y resentimientos venzan al amor y al perdón.
Recuerdo cuando conociste a Giselle allá en el 2008. Tú mostrándole la playa desde el Salto del Fraile y Giselle no pudiendo contener el comentario sobre lo que son las verdaderas playas, con indisimulable orgullo caribeño. ¡Cómo te hizo reir aquel episodio! Desde entonces profesaste un cariño muy especial por mi esposa, el cual fue recíproco. No había forma que al final de cada llamada no me dejes un beso para “Gisellita” –si es que no hablabas con ella- y me recordaras que la cuide porque era una persona excepcional. ¡Vaya si le agarraste cariño!
Y por supuesto que recuerdo tu mayor alegría de los años finales: ¡tus nietos! La Maca por Lima y “Martincito y Marianita” por estos lares. Si hay algo que me reconforta es que pudiste disfrutarlos en persona, por teléfono y por video llamada, así como ellos también conocerte y saber desde entonces y para siempre quien es y quien fue “abuelo Pedro”.
Recuerdo la última vez que te vi aquel septiembre del 2017. Nuestra llegada por sorpresa, el Perú-Ecuador, el verte de buen ánimo en medio de los achaques. Bendito 2017. Nos permitió tener dos alegrías futboleras que no teníamos desde 1977: ver a Perú clasificado a un Mundial el mismo año que Alianza salía campeón peruano. Cuánto disfrutamos ese 15 de noviembre y ese 3 de diciembre. Cuánta alegría viejo. Porque Alianza Lima es el Perú y el Perú es Alianza Lima.
Y recuerdo ese enero maldito de 2018. La última video llamada con los chicos el primer día del año. Tu operación el segundo día y nuestra video llamada en la tarde del 3 de enero. Medio dolorido por la operación, pero optimista y bromista, hasta me enseñaste el vendaje. Me dejaste tranquilo sin saber lo que venía. Sin saber que acabábamos de hablar por última vez. Después llegó ese 4 de enero, los mensajes de Teresa, la gravedad, el coma, el deterioro inmediato, mi viaje a Lima, aquella vigilia permanente en cuidados intensivos, esos diez días donde tenía minutos para verte, para hablarte, para acariciarte, sin saber si podías sentir que estaba ahí. Aunque el último día moviste la mano, intentaste pestañear, casi hasta lagrimeaste. Yo creo que ese día sí sabías que yo estaba ahí. Lo sentí. Y luego, el final. Te diste el gusto de no irte en ese enero desgraciado, sino de partir el primer día del mes siguiente. Viajar de nuevo, velarte, cremarte, dejar tus cenizas reposando para siempre en el columbario. Volver a casa.
Recuerdos. Cuántos recuerdos viejo. Darían para un libro. Te he llorado mucho en este año. Vaya que te he llorado. Me ha costado mucho asumir esa desconocida sensación de orfandad. Pero hace par de semanas revisaba tarjetas de memoria de la camára fotográfica y apareció el video de aquella visita a Lima donde te sorprendimos (¡qué ganas de querer sorprenderte eh!) en un restaurante cuando no tenías ni idea que ibamos a ir. Volviste a ver a Martincito y conociste a Marianita. Y mientras veía el abrazo interminable que nos dábamos, lejos de llorar, sonreí y musité un “ahhh mi viejo”. Qué se yo, sentí de repente la certeza que hoy estás mejor que nunca, en la tierra prometida, con Dios, María, tus padres, tu hermana. Sentí que ya eres feliz eternamente.
Y entonces mi recuerdo sólo puede verse bañado de una serena y perpetua felicidad.
Te quiero papá.
Foto del encabezado: Archivo personal