Lennon, el schnauzer

No me gustan los perros.

Por eso mismo en casa estaba casi prohibido hablar del tema. Mi esposa lo asumió a regañadientes y mi hijo soltó el comentario alguna vez, pero si vamos a ser honestos tampoco es que insistió demasiado. Es más, luego casi hasta se convirtió en vocero de la fobia paterna cuando la hermana menor comenzó con el pedido de la mascota. ‘A papá no le gustan los perros’ le advertía. Pero ese vendaval de energía y actitud que es esa muchachita envuelta en frasco de niña de seis años, no se rinde tan fácilmente. Y ahí venía con esa cara de no-mato-ni-una-mosca y con esa mirada de chantajista sentimental a pedir la mascota. Y ahí volvía yo a reiterar que a papá no le gustan los perros al mejor estilo de Joey Tribbiani diciendo que a él no le gusta compartir su comida.

Pero papá no contaba con la astucia de la niña, que además de energía y actitud derrocha sabiduría -felizmente los niños en eso salieron a su madre-. Ante la negativa paterna ideó un plan que le iba a quedar mejor que aquellos de Hannibal Smith con Los Magníficos.

‘¿Por qué no le cuentas a papá qué le pediste a Santa?’ cometió la infidencia la mamá una mañana de noviembre ante los desesperados gestos de hacer silencio por parte de la niña. ‘¡Es secreto mami, es secreto!’ Muy tarde. De todos modos no se inmutó al ser descubierta. ‘Bueno papá, ya le dejé la carta a Santa y adivina que le pedí’. ‘¿Qué le pediste?’. ‘¡Un perro!’ soltó con esa acentuación de triunfo y frescura que me hizo morderme los labios para no reírme frente a ella. No se quedó en eso. Decidida, comenzó con la explicación de su plan. A papá no le gustan los perros. Pero Santa siempre le cumple a quienes se portan bien. Entonces lo único que le pidió a Santa en la carta que dejó en el árbol de navidad era un perro y Santa ya recogió la carta, así que aunque a papá no le guste, Santa lo traerá. Brillante. Detrás calladito, sonreía mi hijo mayor -que ya se sabe toda la historia de Santa- con una mirada pícara que delataba su complicidad en el plan. Papá había sido emboscado.

No me gustan los perros.

Y seguían sin gustarme, pero la carta a Santa me puso a pensar hasta que punto tenía sentido que mis gustos o fobias impidieran que mis hijos vivan una experiencia que tantos niños disfrutan como la de la mascota casera. Yo mismo, muy pequeño, disfruté muy brevemente de Cabeto, un hermoso cachorro pastor alemán con el que jugaba en casa hasta que un día accidentalmente me mordió y lo llevaron una semana a la perrera. Cuando volvió, no era el mismo y tras romper una ventana con tan mala suerte que uno de los vidrios le cortó el tobillo a una de mis hermanas, sus días con nosotros llegaron a su fin. Aún recuerdo como se recostaba contra un rincón cuando llegó mi padre ese mismo día para llevárselo y regalárselo a un amigo del trabajo, que se lo llevó a vivir a una finca donde finalmente fue muy feliz.

Pero no era por Cabeto el Breve que no me gustaban los perros. En cierta forma disfrazaba de fobia un temor: el miedo a encariñarme con una criatura que por lo general no vive más de trece, quince años como mucho. Veía lo que sufría la gente cuando se le morían sus mascotas y no me interesaba en absoluto tener que pasar por ese trance. Así que, como el primer paso para ello era adquirir el perro, pues cero perro entonces.

Pero ya lo dice el vals peruano, ‘aquel que no ha querido no ha vivido’. ¿Tenía sentido que por mis cuitas yo privara a mis hijos de tener, cuidar y querer una mascota? Más me cuestionaba, más me encontraba con una respuesta que no me gustaba pero que caía de madura.

Sólo tuve que decirle a mi esposa ‘¿Tú crees que…?’ para que ella iniciara el due diligence más impresionante que yo haya visto. Que no sea muy grande, pero que no sea una miniatura, que no suelte mucho pelo, que las alergias, que sea adecuado para niños, y siguen firmas. En esas estábamos cuando vimos las fotos y vídeos de unos schnauzers recién nacidos de los cuáles quedaba uno disponible. Supongo que fue amor a primera vista, porque mi esposa nunca dudó. Ese pequeñito sal y pimienta que trastabillaba tímidamente era el elegido.

Y así llegó Lennon a nuestras vidas.

El nombre fue un triunfo personal. Condición sine qua non para la llegada del perro. Emboscado, sí, pero en mis condiciones: el nombre lo pongo yo. Pensé en Cerati, en Bobsmit (Por Robert, el de The Cure, obviamente), pero Lennon es un nombre que sale simple para llamar a la mascota y los niños escuchan mucho a los Beatles cortesía de su padre. Así que Lennon fue el nombre sugerido y Lennon fue el nombre que quedó.

Decidimos que el buen Lennon, nacido el 8 de octubre de 2018, llegara a casa el 30 de noviembre del mismo año. Coordinamos con mi esposa y mi hijo para decirle a la niña que Santa adelantó el envío y la llegada del schnauzer causó una explosión de alegría de las más memorables en casa. Las caras de mis hijos me convencieron que valía la pena recibir al pequeño can aunque no me terminara de gustar la idea.

No me gustan los perros.

Pero resulta que Lennon se apoderó totalmente del corazón de todos. Bueno, con los demás no tuvo problemas. Estaban locos por una mascota y transformaron de inmediato esa locura en amor. Lo que no se suponía es que fuera a conquistar tan rápido al tipo que evitaba los perros. Pero qué va. A punta de una lealtad única y demostraciones de afecto permanentes, el buen Lennon derritió cualquier resistencia. Te despide al inicio del día. Te recibe saltando emocionado cuando vuelves a casa. Salta al mueble para ver contigo el partido de fútbol o el juego de béisbol. Escucha feliz a los Beatles -faltaba más- y se tira panza al suelo a ver Friends. Se pone a jugar hasta el cansancio y no escatima caricias con sus patitas para todos -aún a cuenta de arruinar cualquier iWatch que se ponga en el camino-. Es una criatura que ilumina el ambiente donde está, trasmite alegría y positivismo, y tirado en tus piernas al final de la jornada, es un bálsamo que alivia el día más complicado.

No me gustan los perros. Pero quiero mucho a mi amigo Lennon. ¡Feliz primer año fiel compañero!

Foto del encabezado: Archivo personal