Friends cumple 30

(“Why God why?”)

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NBCU PHOTO BANK/NBCUNIVERSAL VIA GETTY

Friends es mi serie favorita. Entre las cosas más importantes de las menos importantes, la serie creada por David Crane y Marta Kaufmann ocupa un lugar muy especial. Y es que con el tiempo, más que una serie, se fue convirtiendo en una compañera en mi diario transcurrir.

Debo admitir que comencé a verla ya iniciada, cuando un año después de su estreno pasé a vivir solo y después del trabajo me quedaba viendo televisión en el entonces novedoso servicio de cable. No la seguía religiosamente; mas bien me enganchaba cuando encontraba algún episodio haciendo zapping. Pero como no existían servicios de streaming ni posibilidad de grabarlos, no era un seguidor devoto.

El verdadero click fue cuando dejé mi país. En casa siempre tenía (y tengo) encendida la música o la televisión como una compañía de fondo, especialmente cuando estaba soltero. Y con el tiempo comenzaron las repeticiones en diversos canales, como en Sony por las tardes o en Nickelodeon por las noches. Poco pasó para que me decidiera a comprar las diez temporadas en DVD, y entonces ahí comenzó el verdadero vicio de ver los episodios en orden cronológico hasta completar los 236 emitidos, para volver a comenzar desde el inicio. Una y otra vez. Mentiría si digo cuantas veces las he visto completas, simple y llanamente porque ya he perdido la cuenta.

Hace par de años comencé a verla, de nuevo, esta vez con la familia completa. No hace falta decir que a mi hijo y mi hija les encantó. Y sin querer queriendo, frases de Friends se han hecho parte de nuestro día a día. De hecho desde que eran pequeños y pedían algo, siempre solía responderles “y yo quiero un millón de dólares”, como Chandler exclama después que Rachel aparece vestida de novia en el primer episodio. Cuando comemos, alguno de nosotros suele exclamar “almuerzo good, postre good, refresco good” como Joey cuando se come el postre incomible de Rachel. En las mismas comidas, cuando alguno no quiere compartir suelta el equivalente al “Joey no comparte comida” e, inclusive, con mi hijo cada vez que nos saludamos o despedimos cerramos con un abrazo y el lame cool guy handshake (saludo de manos con los dedos como el que hacen en el episodio final Chandler y Joey, que habían hecho previamente Chandler y Ross cuando esperaban la finalmente frustrada visita de su amigo Gandalf).

Debo admitir que no pocas veces pongo los episodios cual música de fondo. Va desarrollándose mientras voy haciendo alguna tarea en casa, más que verlo, lo escucho o lo miro de reojo, pero hay algo en esa sensación de acompañamiento que sirve hasta como relajante.

Creo que Friends es atemporal. Quizás no es casual que me guste tanto cuando observo que la edad de los protagonistas en la serie coincidía en ese mismo momento con la mía, par de años más, par de años menos. Por ahí que hasta el inconsciente vincula el revivir los episodios una y otra vez con recordar épocas de juventud. Sea por lo que fuera, siempre se puede volver a esos seis amigos que vivirán eternamente entre los veintitantos y los treinta y pico, y si uno quiere volverán a los veintitantos nuevamente y así sucesivamente en un círculo virtuoso. Para acompañarte con las aventuras de una novia escapando el día de su boda o con las de una pareja con dos recién nacidos adoptados a quienes llevarán a vivir a las afueras de Nueva York.

En el medio, diez gloriosas temporadas. Tengo especial debilidad por las dos primeras. Serán siempre mis favoritas. Demasiados episodios geniales. El primero, luego aquel del blackout, el del nacimiento de Ben, aquel en el que Ross descubre lo que siente Rachel, y el siguiente donde Ross la embarra con su famosa lista. El doble episodio del Super Bowl, el del mítico video de la fiesta de promoción -que termina con el apasionado beso de Rachel y Ross mientras Phoebe confirma que ella es his lobster, y el cumpleaños de Rachel con dos fiestas paralelas que termina con otro beso, el de Joey con la mamá de Rachel. Un episodio bueno detrás del otro. Obvio que las demás temporadas tienen muchos momentos geniales también. Aquel episodio de la apuesta del departamento de las chicas, el del inolvidable my eyes, my eyes de Phoebe, el del pivot, pivot, pivot de Ross, o ese en el que juegan fútbol americano poco antes que todo comience a complicarse entre Ross y Rachel. Muchísimos, una lista interminable. Pero para mí esas dos primeras temporadas tienen un feeling especial, una sensación de que todo es nuevo y menos complicado. Una sensación de amigos acompañándose entre ellos y acompañando a quien los ve.

Y ahí están una y otra vez. De hecho mientras escribo, aun teniendo un día de sentimientos encontrados, los tengo de fondo en la pantalla y mejoran el día. Aunque esté escuchándolos más que viéndolos. Uno haciendo sus cosas, y mirándolos de reojo. Rachel, Mónica, Phoebe, Joey, Chandler y Ross como dice la canción, estando ahí para ti (y para mí).

Felices 30 amigos y amigas. Y que vengan 30 más (aunque Joey vuelva a gritar ¿Por qué Dios, por qué?)