
Heme aquí escribiendo nuevamente de teatro musical. Otra vez gracias a mi hija que viene participando de Bob Esponja El Musical. Si escribo en presente es porque se agregó una función, así que hasta la semana que viene no escribiré sobre la obra en sí (vayan y compren sus boletas en Ticketmax). Hoy lo que quiero es renovar mi reconocimiento a los ensambles, esos actores y actrices cuyo trabajo es tan imprescindible para el teatro musical como lo es el de quienes interpretan roles estelares. Escribo renovar porque ya con motivo de su debut en Matilda El Musical hace ya un año (¡un año! Mas viejo se hace un más rápido pasa el tiempo), escribí respecto de este grupo de personas que interpretan varios papeles en la misma obra, mientras hacen coros dentro y fuera del escenario, lo siguiente: “He descubierto en esta experiencia lo impresionante que es el trabajo de quienes conforman estos ensambles. A lo mejor uno como espectador poco dado a los detalles o ignorante de los mismos no valora ese trabajo como debería. Numerosos papeles en la misma obra que implican cambiar el ánimo en función al personaje y sobre todo el reto de cambiar de vestuario, en ocasiones, en los pocos segundos que permite el paso de una escena a otra… A partir de ahora me resultará imposible ser indiferente al trabajo de los ensambles en cuanta obra futura vaya a ver.”
Un año y dos producciones más después, mi admiración se ha elevado de forma exponencial. Mi hija en esta oportunidad fue parte del ensamble y en ese sentido, como padres se nos invitó a estar en el backstage para ayudarle en lo que necesitara, especialmente en los cambios de vestuario que tenía que realizar. Así que con mi esposa nos turnamos par de funciones cada uno, cosa que mientras uno le ayudaba, el otro podía disfrutar la obra como espectador “normal”. ¡Vaya experiencia!
Ríos de adrenalina corren en el interior del backstage a lo largo de toda la obra. De principio a fin y, en casos como el de este musical, sin cortes comerciales ya que no había intermedio. Los ensambles nadan con arte en medio de esos ríos caudalosos. A veces salen del escenario, pero siguen con el micrófono abierto, haciendo coros a algunas de las canciones. Uno pudiera creer que toman aire, se sientan y se ponen cómodos para cantar. Yo diría que eso sucede poco por no decir que es una excepción. Mientras cantan al interior del backstage van caminando de un lugar a otro apurados porque probablemente salieron por la izquierda del escenario y en la siguiente escena deben aparecer por la derecha. Si quien lee esto cree que ese es un tramo corto y sencillo, pues sepa que hay teatros donde hay que dar una larga vuelta por caminos que pasan incluso por debajo de las propias butacas. Y eso es cuando solo tienen que ir de un lugar a otro, porque la historia se pone aún más interesante con el tema del vestuario.
¡Ah, los cambios de vestuario! Qué locura. A veces puedes tener suerte que tienes dos o tres minutos para hacerlo sin prisa pero sin pausa. Pero hay cambios de vestuario que tienes que realizar en menos de un minuto. En ese minuto parece que alguien adelanta las manecillas del segundero a propósito. Y tengo que volver a hacer énfasis en que algunos de esos cambios se realizan mientras los ensambles están haciendo coros a alguna canción que se desarrolla en paralelo en el escenario. Es decir, en medio de la agitación de tener que ponerse un vestuario nuevo, deben mantener la respiración y entonación, y también tener cuidado que en el cambio alteren algo en la cajita o el cable del micrófono. Les ves la cara, la concentración, el apuro, la incomodidad con algún contratiempo, pero también la compostura para sobrellevarlo y salir cambiados y a tiempo en la siguiente escena que deben estar bailando, actuando y/o cantando en el escenario.
Esta vez viví todo eso en primera persona. Bueno, yo no, mi hija, pero como estuve casi como su sombra ayudándola, en cierta forma viví esas emociones. Digamos que fui parte de la producción, y cuando escribo eso, pienso que debería escribir otro post que dijera “larga vida a quienes trabajan en la producción”, pero bueno, un escrito a la vez. Eso sí valga mi reconocimiento a todas esas personas que están pendientes de todos los detalles y necesidades del elenco antes, durante y después de cada función.
Mi hija tuvo un cambio dentro del opening mismo. De una vez, el cambio más retador. Apenas segundos para hacerlo. Pimpampum. Listo, de vuelta al escenario en menos de un minuto. Mientras recojo el pantalón y la camiseta que se ha quitado y han volado por los suelos, me siento un poco un mecánico en un pit stop de un equipo de Fórmula 1, después de haberle cambiado las gomas y echado combustible al auto de un piloto en un santiamén. En lo que recupero el pulso normal puedo ver como otros ensambles van pasando por procesos similares. Los adultos especialmente tienen cambios que requieren a veces muchas piezas de ropa y ahí están, sudorosos, pulso a mil, resolviendo como los mejores. El segundo cambio de mi hija nos da tiempo. Hay una canción entera de por medio, inclusive podemos hacerlo en su camerino. Pero sin perder tiempo cruzamos hacia el otro lado para estar listos para su siguiente ingreso. Luego de un baile, vuelve a salir y ahora tiene que ponerse el tercer y ultimo vestuario. En este cambio no puedo ni susurrar porque hace los coros de hasta dos canciones. Me peleo con los cordones de sus zapatillas y la que me calma es ella, mientras sigue cantando. Desanudo los cordones, le cambio el calzado y de vuelta al escenario una vez más. En ese tramo final ya no hubo cambio de vestuario pero si tuve que estar atento a entregarle (y recoger) los props con los que entraba al escenario. Venga a entregarle unas ardillas, vuelve, las ardillas vuelan al tiempo que le pongo un chubasquero y le entrego una sombrilla, pero así, zas, zas, en menos de dos segundos; sale, se saca el chubasquero, deja la sombrilla y recoge una especie de tableta para una nueva escena. El tiempo pasa de una forma que no me doy cuenta. Ella sale y tenemos un momento de par de canciones y escenas donde podemos “descansar”, entre comillas porque ella sigue con el micrófono abierto haciendo coros nuevamente.

A nuestro alrededor, solo sigo admirando al ensamble. Ahí están las actrices, en un momento medusas y de repente bailarinas de tap, para luego ponerse unos pompones una, una sotana negra la otra, en lo que los actores pasan de bailarín de rap o de protestante anti ardillas, a musculoso pececillo, o ayudante moviendo el escenario portátil que hace las veces de un volcán. Los admiro mucho porque cuando los ves desde la butaca de espectador siempre están ahí representando todas las emociones que le corresponden al papel que representan, sin que uno sepa por un momento que pudieron haber tenido algún problema con algún botón que se despega, un nudo de corbata que se desarma, o un prop que decide atorarse segundos antes de entrar a escena. Profesionales a más no poder en lo suyo.
¿Por qué digo que son casi tan imprescindibles como los protagonistas? Un simple ejemplo. Uno de los números más aplaudidos se sostiene evidentemente en el carisma y la descomunal actuación de su protagonista, tanto actuando, cantando y bailando. Pero es acompañado por un ensamble que baila tap, canta y encanta junto a él. ¿Si lo hubiera hecho solo el protagonista lo hubiera hecho igual de bien? Por supuesto. ¿El número se potenció con las cuatro actrices y los dos actores que le acompañaron? Sin ninguna duda. Una premisa indispensable en el teatro musical (y obviamente en toda labor que involucre un trabajo en equipo) es la unión, cohesión, involucramiento y compromiso de todos los miembros del elenco. Todos son importantes. Por eso hoy quería resaltar a los ensambles -que de los protagonistas tocará escribir dentro de una semana-.
Rebecca, Luisa, Paola, Sofía, Lenchy, Felipe, Emil, Jose, Montse, Mariana. Mi admiración y mi respeto para ustedes y a través de ustedes a todos los ensambles de cuanta obra exista.