y un día vimos a paul mccartney

Poster oficial del Tour 2025. Imagen: Instagram del creador del mismo, Andrew McGranaham.

Cuando mi primogénito estaba en el vientre de su madre le poníamos música para que escuchara. Obviamente un listado de canciones debidamente curado por sus padres, en especial por el papá, esperanzado que el muchacho saliera con buen gusto musical. Una de las canciones siempre generaba una patadita o alguna especie de reacción en él, la misma que su madre sentía casi inmediatamente: era Blackbird, de The Beatles.

A los pocos días de nacido, mientras lo llevábamos a un chequeo con el pediatra, mi hijo estaba incómodo y lloroso en el car seat. Se nos ocurrió ponerle Blackbird en el CD player del auto, y a los pocos segundos el llanto dio paso a una serena tranquilidad. No volvió a quejarse el resto del viaje (ni a la vuelta, donde obviamente seguimos poniendo la canción). Blackbird se convirtió en una especie de canción de cuna, y fue el primer contacto de mi hijo con los cuatro fantásticos de Liverpool.

Aquel bebe fue creciendo y con él creció también su gusto por el rock, especialmente el antiguo, con los Beatles obviamente como su grupo favorito. Tiene en alto pedestal a Bowie, Genesis, King Crimson, Supertramp, The Kinks, Talking Heads, The Cure -el grupo que es banda sonora de su padre-, entre otros, pero por sobre todas las cosas es un beatlemaníaco de los buenos. Por ello cuando para sus quince años tuvo la oportunidad de visitar Liverpool y conocer los lugares sagrados en donde todo comenzó, el muchacho tocó el cielo con las manos. De lo único que se lamentaba es que “es complicado ver en concierto algunos de los grupos que me gustan… porque ya no tocan más”.

Así como alguna vez me había hecho la idea que nunca podría ver a The Cure en vivo, y luego terminé viéndolos hasta en dos oportunidades, también había asumido que no podría ver a Sir Paul. Que se yo, cuando fue para Lima yo ya estaba lejos de mi país; por acá nunca iba a venir; y cuando salía de tour ni me ocupaba de intentar verlo dado como vuelan las entradas casi al instante en las plataformas de venta. Sin embargo otra vez la vida me volvió a enseñar que a veces las cosas se dan en el momento que menos insistes por ellas o, dicho de otra forma, que todo llega en su momento y no necesariamente cuando quieres. De un momento a otro Paul anunció la reanudación de su Got Back Tour en Estados Unidos así que -muy motivado por mi esposa- vencí mi reticencia y pensé: “¿Intentamos? ¿Qué es lo peor que puede pasar?”. Cuento breve: me registré, puse como objetivo el concierto más cercano, en este caso Atlanta, y el día de la preventa entré a la fila online y tuve la dicha de encontrar entradas. Si todos los caminos conducían al concierto, quien iba a ser yo para poner los obstáculos.

Esas entradas las conseguimos en julio, y al recién nacido aquel que se tranquilizaba con Blackbird -hoy todo un adolescente-, le tuvimos en la ignorancia por meses, informándole recién una semana antes del concierto. Su reacción fue impagable, y sin embargo no sería nada en comparación con lo que fue la experiencia que posteriormente catalogó como “el mejor día de su vida… por ahora”.

Poster oficial de los conciertos en Atlanta. Imagen: Tienda oficial de Paul McCartney

Lunes 3 de noviembre de 2025. Conforme el día avanzaba, una impaciente emoción se iba apoderando de nosotros. Queríamos que llegue la hora del concierto ya. Llegamos a los alrededores del State Farm Arena en Atlanta casi dos horas antes de la hora prevista para el concierto. La precaución fue más que apropiada. Una larguísima e interminable fila daba la vuelta al coliseo para el ingreso al mismo. La hicimos con ese orden que echo en falta en las filas de nuestros países. Ningún “vivo” colándose o haciendo desorden. Público de todas las edades, con un promedio sin duda adulto, pero muchos jóvenes, adolescentes como mi hijo e inclusive no pocos niños. Paul y los Beatles trascienden generaciones. Casi cuarenta minutos después una empleada del coliseo nos separa a unos cuantos de la fila original para aligerarla y nos hace ir por una puerta de acceso desde el parqueo de la arena, cosa que nos debió ahorrar unos buenos minutos. Por fin entramos. Par de pizzas y par de botellas de agua para comer por no dejar de comer y a nuestros sitios. Bandeja de arriba, pero en primera fila, sin nadie delante de nosotros. Es una muy buena vista. Parece lejos en las fotos posteriores, pero en realidad se veía bastante bien.

Qué puedo escribir de Paul McCartney que no se haya escrito ya. Que lo admiraba mucho antes del concierto, y que tras el mismo mi admiración se ha elevado a la enésima potencia. 83 años tiene el señor. Ya quisiera yo llegar a esa edad, y si llego, pues con la mitad de la energía y vitalidad que tiene Paul, yo resuelvo. Casi tres horas de concierto. Después de otras casi tres horas la noche previa en el primer show en la ciudad. 35 canciones. 21 de ellas de los Beatles. No solamente un cantante. Un showman. Un artista. Una leyenda. Con el público entregado de principio a fin. Con sus maravillosos músicos rompiéndola toda. Con juegos de luces, juegos de escenografía, videos nostálgicos, pirotecnia. Es un concierto de Paul McCartney. El de los Beatles. El histórico Paul McCartney. La leyenda viviente. Ese al que tanto admiramos. Nos pellizcamos el uno al otro con mi hijo para entender que no es un sueño. Que esto que ahora escribo no es un sueño, sino que realmente pasó, y lo vivimos en vivo y en directo. Dios a veces tiene unos gestos hermosos con sus hijos. Este 3 de noviembre, lo que nos ha regalado no tiene precio, es para un agradecimiento eterno.

Paul no solamente es un compositor histórico, sino de los más prolíficos. A las casi 200 canciones compuestas con John Lennon, se agregan las que compuso con los Wings y en su carrera solista. Así que aún si uno no es seguidor de los Beatles o de McCartney, es inevitable que haya escuchado cuando menos una canción compuesta por él. Ahora, cuando se juntan 20,000 seguidores en una arena para uno de sus conciertos, el bombardeo musical y de emociones comienza desde la primera nota de la primera canción y no para hasta que él y sus músicos se despiden.

Arranca con Help!, aquella canción en la que Lennon, mientras rockea, sonríe y canta, en realidad está lanzando un grito de ayuda en medio del éxito de la banda. Sigue con Coming Up y, tras saludar con un “Hello Atlanta, Georgia baby!”, con otros dos temas de los Beatles: Got to Get You Into My Life y Drive My Car, para proseguir con Letting Go, Come On To Me y Let Me Roll It, tema de los Wings que rematan con un breve extracto de Foxey Lady, el clásico de Jimi Hendrix. Junto a mi hijo no hemos parado de cantar un solo momento. Es una locura. No somos los únicos. El público canta y aplaude con pasión. Volvemos a los Beatles con Getting Better y toca entonces disfrutar de Let ‘Em In, probablemente mi canción favorita de Paul con los Wings, o la que me despierta sentimientos particulares por ser de las primeras de esa banda que empezó a gustarle a mi hijo. Me quiebro mientras disfruto y canto junto a él. No puedo parar de disfrutar el concierto pero sobre todo voltear a verlo: su rostro irradia felicidad y emoción. Está como transportado a un Cloud Nine. Bah, estamos transportados los dos. Cantamos juntos “Sister Suzy, brother John, Martin Luther, Phil, and Don, brother Michael, auntie Jin, open the door, let ’em innnnn…”

Luego que le dedica My Valentine a su esposa Nancy, presente en el público, toca moverse al ritmo de Nineteen Hundred and Eighty Five y luego escuchar la clásica Maybe I’m Amazed, quizás el mejor tema como solista de Paul, con él al piano. Mientras la pantalla muestra imágenes de Paul y Linda McCartney, a la distancia se la dedico a mi esposa: “Maybe I’m amazed at the way you love me all the time, maybe I’m afraid of the way I love you…”. Hermosa. Paul desafía a los años con los agudos de esa canción. Y sale triunfante. El escenario se reduce, los instrumentos se vuelven acústicos, los músicos se acercan a Paul y comienzan yendo a los orígenes de todo. Primero con I’ve Just Seen a Face, luego con In Spite of All The Danger, aquella canción de los Quarrymen de finales de los cincuenta que es la primera en donde se registra a Macca, Lennon y Harrison tocando juntos (y en la que Paul juega con el público haciendo que coreemos una y otra vez “ah ah ah ahhhhh, oh oh oh ohhhhh”). Love Me Do, el primer single de los Fab Four, cierra este regreso a aquellos tiempos iniciales. 

Tras continuar con Dance Tonight, donde Abe Laboriel, el brillante baterista se roba el show bailando al son de la canción, se van todos y queda Paul solo con su guitarra contando la historia de Blackbird, de como en su momento los Beatles se negaron a salir a un concierto donde se separaba a la gente por su color y como luego el movimiento de derechos civiles inspiró la misma canción que muchos años después escucharía en la panza de su madre mi hijo, que ahora la cantaba con ojos vidriosos y emoción infinita, la misma que tenía su padre viendo como Paul se elevaba en una escenografía que subía al mismo tiempo que una paloma blanca en la pantalla. Blackbird es “la” canción. “Su” canción. Por eso su emoción y por eso mi emoción.

Ha llegado el momento de dar rienda suelta a la nostalgia. Paul comienza a reflexionar sobre sus años de juventud. De como cuando eran unos muchachitos en Liverpool que jugaban a ser duros, aunque se querían jamás se decían “te amo”. De como en sus años de los Beatles compartieron todo, pero nunca se dijeron “te amo”. Y que por eso, después de la muerte de John escribió la canción que comenzó a entonar mientras la escenografía bajaba, siempre solamente él y su guitarra: Here Today. Se nos anuda la garganta mientras le canta a su hermano John “… And if I say I really loved you, and was glad you came along, then you were here today, for you were in my song, here today”. Parece que Paul quiere ablandar hasta al más duro, porque se sienta en su piano y comienza a entonar las notas de Now and Then, la que podría ser la última canción de los Beatles, rescatada de un casete grabado por Lennon poco antes de su muerte. El video de esa canción -con imágenes de los Beatles, mezcladas con trabajos realizados probablemente con inteligencia artificial que logran “juntar” a los cuatro nuevamente- siempre me hace lagrimear, y en el concierto no es la excepción mientras lo pasan en la pantalla en lo que canta Paul. Es super emotivo todo. Paul agradece al final a John “por tan hermosa canción”.

Nada como Lady Madonna y Jet para salir de ese momento nostálgico y retomar la energía inicial. Sólo por un momento. Luego de entonar Being for the Benefit of Mr. Kite, llega el momento de recordar a George Harrison. Paul agarra el ukelele y sugiere que la siguiente canción comenzó con George tocando ese instrumento: es la inmortal Something, aquella definida por Sinatra como una de las canciones de amor más hermosas que se haya escrito aunque no diga “te amo” en ningún pasaje. A mitad de la canción Paul deja el ukelele, entra la banda y aparecen imágenes de George y los Beatles. Otra vez la nostalgia y la emoción. El “I don´t knowwww, i don’t knowwww” del coro retumba en la arena cantado por todos. Al final Paul mira a George en la pantalla, le levanta los brazos y le agradece por esa “superb song”. ¿Cómo volver a recuperar la energía? Con Ob-la-di, Ob-la-da, cantada por todos a capella en el momento del coro. Y si después sigues con un clasicazo de los Wings como Band on the Run, no puedes pedir mucho más. O sí. Porque lo que sigue es Get Back, aquella canción que nació con un Paul dándole a su guitarra esperando a John, junto a un George inquieto y un Ringo somnoliento, como se observa en el documental del mismo nombre. Una clásica de los Beatles coreada y bailada por un State Farm Arena totalmente entregado. Luego otro clásico, Let It Be, que es la calma que antecede a la tormenta que es Live and Let Die, con todo su rock, con todas sus luces, con toda su pirotecnia. Wings en su máxima potencia. Sin preámbulo de por medio, Paul cierra el concierto con la mítica Hey Jude. Coreada de principio a fin por todos y con un largo intercambio de Paul con el público cantando el “ na na na nananana nananana, hey Jude…”. Es una fiesta hermosa, inolvidable.

Y es una fiesta que obviamente no termina sin un encore. ¡Y cómo comienza ese encore! Con uno de los momentos más especiales de la noche. I’ve Got a Feeling. Lennon y McCartney cantando juntos de nuevo. El momento en el que John aparece en la pantalla en las imágenes del último concierto de los Beatles en la azotea de Apple Corps es impactante y muy especial para los beatlemaníacos. No es inteligencia artificial. Es la combinación de John cantando en el video del concierto en la azotea, con Paul cantando en vivo frente a nosotros. Es hasta curioso, por llamarlo de alguna forma, que John se vea y se escuche mejor que Paul a la hora que hacen el dúo. No debería sorprenderme. Después de todo, John nunca tuvo la posibilidad de envejecer. Es muy emocionante cuando Paul remata agradeciendo poder estar aún cantando con John. Mención aparte acá para los músicos. Que buenos que son. Todos. Y además contagian energía y buena onda, como los tres que tocan los instrumentos de viento, danzando en cada una de las canciones que les corresponde tocar. Es el turno de Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band (el Reprise) y la furiosa Helter Skelter -una de las favoritas de mi hijo y en la que yo me sigo asombrando por cómo este jovenzuelo de apenas 83 años puede estar rockeando a todo pulmón casi tres horas después-. Y entonces sí, el popurrí final: Golden Slumbers/Carry That Weight/The End. El concierto termina con la ya histórica línea “… and in the end, the love you take, is equal to the love you make” y con Paul despidiéndose, agradeciendo al público por haber estado fantástico, diciendo que él y su banda lo disfrutaron mucho y que solo quedaba una cosa más por agregar: “We see you next time!”. ¿En serio Paul? Uno cree que a los 83 años esta podría ser probablemente la última gira, pero con Sir Paul nunca se sabe.

Fue una noche fantástica, inolvidable. Como seguidores de los Beatles haber podido ver en vivo a Paul es la realización de un sueño que, paradójicamente, probablemente ni siquiera nos habíamos permitido tener. Cada cinco minutos miraba la cara rebosante de alegría y emoción de mi hijo y nos mirábamos con ojos que decían “¿en serio estamos viendo a Paul McCartney? ¡Sí, lo estamos viendo!”. Obvio que la voz no es la misma, faltaba más. Pero Macca se maneja de modo tal que la adecúa para adaptarse en cada una de las 35 canciones y lo hace genial. ¡Ni se crean que se abstiene de pegar sus gritos agudos cuando tiene que soltarlos! Sólo hay que escuchar Maybe I’m Amazed o Helter Skelter casi al final del concierto. Y además te toca el bajo, la guitarra, el piano, dirige al público, te canta y encanta. Un artista total. Cuando te pones a pensar en la calidad de cada una de esas 35 canciones, que apenas son una pequeña muestra de su vasta obra, te das cuenta que estas siendo testigo en vivo de la performance de una leyenda viva, no de la música, sino de la humanidad.

Son tres horas de un éxito tras otro, de una canción mejor que la anterior, de nostalgia, mucha nostalgia. Los Beatles marcaron el antes y el después. Son únicos e irrepetibles. Nadie vivió lo que vivieron ellos en aquella década de los sesenta. Fue una hermandad que luego tuvo sus inevitables roces, peleas, vaivenes, reuniones. Uno de ellos se fue demasiado temprano, otro también, par de décadas después. Los años no pasan en vano. Aquel Paul que uno ve en el documental Get Back lleno de matices: genial pero también exasperante a ratos; mandón y complicado, pero brillante a la hora pulir versiones finales de temas emblemáticos, es hoy un octogenario que no pierde oportunidad de rendir homenaje a sus hermanos de la música. John, George y Ringo -el otro sobreviviente del cuarteto- están permanentemente presentes a lo largo del concierto. Obvio que nosotros no pudimos ver a los Beatles. Yo soy un adulto cada vez menos joven-adulto y cada vez más cerca de ser adulto-mayor, pero no había nacido cuando tocaron juntos por última vez. Por eso mismo, este concierto de Paul es lo más cercano a poder vivir un poquito lo que hubiera sido aquello. Para quien sí los pudo ver en los sesenta y ahora peina canas debe ser un volver a vivir rico en emociones. Para quienes no los vimos, pero somos aficionados a su obra, es una especie de déjà vu, de poder beber un sorbito de ese elixir incomparable que fueron los Fab Four.

En un momento del concierto Paul se pone a leer carteles de los fans y se detiene en el de uno que dice que lo ha visto en concierto 141 veces, para bromear diciendo que el tipo es un poquito “obsesivo”. No se si 141 veces después los conciertos se disfrutan como la primera vez. Probablemente esta sea la primera y única vez que nosotros veamos al legendario Paul McCartney en concierto. Pues nos basta y nos sobra. Nadie nos quitará lo disfrutado. Fue una experiencia que he intentado resumir en estos párrafos, pero al releerlos entiendo que es una tarea muy difícil la de tratar de trasladar emociones y sentimientos indescriptibles en el post de un blog. Pareciera un texto largo y sin embargo queda cortísimo. No importa. Lo mejor de todo fue haber podido compartirlo con mi hijo, que además comparte esa pasión por la música conmigo. Fue “el mejor día de su vida… por ahora”, como no se cansa de repetir. Fue, sin duda alguna, uno de los mejores días de mi vida también. En el top de momentos imborrables de mi existencia. No fue el mejor, obviamente. Y es que cuando crezca, si él quiere y Dios le permite un día ser padre y poner una canción de los Beatles en la panza de su esposa, mi hijo se dará cuenta por qué para mí no hay concierto de artista alguno, por más Beatle que sea, que pueda superar aquel día en el que su madre, mi esposa, le trajo al mundo.

*La foto de portada es de Perry Julien para el Atlanta Magazine.