A mediados de los noventa, la música era un oasis en medio del desierto para un veinteañero que lidiaba con un sinfín de inconvenientes que ahora ya no tienen sentido enumerar. La música –“mí” música- era el bálsamo que suturaba heridas y aliviaba ansiedades de un fanático incurable de The Cure, conmovido por los riffs desgarradores de Nirvana, que empezaba a descubrir en serio a los Beatles a raíz de la primera Antología, y disfrutaba un mundo del brit pop, más convencido por el acid rock funky psychedelic de los Stone Roses y mis queridos Charlatans que por el masivo y merecido éxito de los hermanos Gallagher.
En esas andaba cuando vi en MTV, que por aquellas épocas era realmente un canal de vídeos musicales, una canción con atmósfera de película de espías, con un sonido particular y sobre todo una voz única, distinta, de una vocalista tímida y desgarbada, pero inigualable. Era Sour Times, era mi primer contacto con Portishead y fue amor a primera vista. En épocas en las que no era sencillo conseguir a nivel local algunos de los discos que más me gustaban, o se debían esperar períodos de tiempo interminables, especialmente para una persona ansiosa como yo, poco tardé en pedirle a alguien que me trajera el Dummy, nombre de aquella primera producción, y desde entonces Portishead se convirtió en uno de mis grupos favoritos para siempre.
Esta semana Dummy cumplió su primer cuarto de siglo y al escucharlo completo luego de algún tiempo –por defecto a la hora de escuchar un poco de Portishead suelo poner el Roseland NYC Live, una delicia para mis oidos que tiene buena parte de los temas del Dummy– reviví sensaciones y sentimientos de aquellas épocas con el lógico estremecimiento que ello genera. También pude sentir la convicción que podrán pasar veinticinco años más y el Dummy seguirá siendo una producción musical con la vigencia propia de las grandes obras.
Los críticos suelen coincidir en que Dummy, que ganó el Mercury Music Prize en 1995, es uno de los álbumes que define la década de los noventa, generó un seguimiento que convirtió a la banda en una de culto y trajo consigo una serie de grupos con marcada influencia o directamente imitadores del sonido Portishead, enmarcado en un género iniciado por los Massive Attack y que junto con el trabajo de Tricky, fue catalogado como ‘trip hop’, más allá que a los muchachos de Bristol nunca les hiciera gracia alguna tal categorización.
El grupo, conformado por Geoff Barrow en la producción y los samplers, Adrian Utley en la guitarra y Beth Gibbons en la composición y voz, no escatimó esfuerzos en mezclar, inventar, distorsionar y componer melodías con un sonido único y diferente. Para eso trabajaron con Dave McDonald en sesiones no aptas para productores y ejecutivos de grabación en las que deformaban y distorsionaban sus pistas con saturación de cintas, efectos exagerados y montones de ruido de vinilo, dañando incluso de forma adrede algunos de sus instrumentos con la finalidad que el sonido salga distinto, arenoso, tan perturbador como cautivador. Influenciados por discos antiguos -como se nota en el uso de samples con música de Lalo Schifrin o Isaac Hayes por citar dos ejemplos-, y también por el hip hop norteamericano, el resultado es un disco en donde además de la calidad en la composición y musicalidad, se desprenden texturas que atrapan de principio a fin: a veces minimalismo, a veces guitarras recargadas, ritmos agrietados, sintetizadores envolventes, sonidos distorsionados y todo esto coronado por la etérea e incomparable voz de Gibbons.
Es precisamente la mezcla de este telón de fondo sónico con la voz de Beth Gibbons la que a juicio de los críticos constituye una de las combinaciones más convincentes de la música pop. Y es que Barrow con sus samplers es el corazón del grupo. Utley con su guitarra es otro órgano vital. Pero como destaca un artículo de la BBC Music, Gibbons es el alma de Portishead con esa voz inquietante y fracturada, que suena “como si se hubiera arrastrado desde un armario ‘eduardiano‘ sellado desde aquella época. La de Gibbons es una voz que no se puede copiar, que proviene de la parte posterior de su boca, en forma de garganta en lugar de lengua y labios”; crujiendo y gimiendo en paralelo a los giros de los discos de Barrow y la electricidad de la guitarra de Utley. Gibbons es el alma porque además de su voz, impregna al grupo de la lírica de sus composiciones, interpretadas con una angustia deslumbrante.
No deja de ser anecdótico que con todo y su carácter de obra maestra de los noventa, los Portishead odiaban el uso que le daban en algunas ocasiones a su primera producción. Como comenta Barrow en una reciente entrevista con el New York Times: “Es desagradable que nos gusten todos estos sonidos desordenados, discordantes, rotos, y que alguna gente lo considere como un álbum para cenar. Es decir, las letras de Beth, su honestidad, sus sentimientos, sus vivencias, era grato cuando la gente nos decía que nos escuchaba, pero odiábamos absolutamente cuando venían y nos decían que les encantaba poner el disco como música de fondo cuando tenían una cena. Me daban ganar de buscar un bate de béisbol y destrozar su set de fondue. Yo les agradecía primero por comprar el disco, pero ahí mismo les comentaba que era lo peor que podían decirme y les sugería que vayan a casa pongan el disco y suban el volumen lo más fuerte que puedan, para que realmente lo aprecien.”
Veinticinco años después volví a escuchar el Dummy a todo volumen. Y volví a apreciarlo y a disfrutarlo. Muchísimo.
Glory Box incluye el sample de Ike’s Rap II de Isaac Hayes.
Vídeo: Youtube
Foto del encabezado: xsnoize