
Veía una película navideña en Studio Universal, de esas que produce Hallmark Channel para su “Countdown to Christmas” que va desde octubre hasta enero, cuando de repente me surgió la pregunta: ¿Por qué esperar a Navidad para tener o vivir un “espíritu de Navidad”?
La pregunta me hizo más ruido porque si de tener o vivir un espíritu navideño se trata, diciembre es definitivamente el mes en el que menos lo tengo, al menos hasta el 24 de diciembre bien entrada la tarde. Antes de esa fecha diciembre es sinónimo de tapones vehiculares, caos, ruido, fiestas, descontrol, consumismo desenfrenado, todo tipo de realidades y sensaciones que poco tienen que ver con el verdadero sentido o espíritu de la Navidad. Tal es el asunto, que a la hora de la cena del 24 con la familia, mi sensación es más de un alivio reflejado en un suspiro interminable, y de resignación por haber sucumbido la mayor parte del mes a un estado de ánimo de estrés constante, solamente revertido por la invencible alegría y motivación navideña que tiene mi esposa, pero por sobre todo mi hijo y mi hija, que felizmente heredaron esa inmunidad al caos de su madre, y no las ansiedades de su padre.
¿Cuál es ese espíritu o sentido de la Navidad? Para los que somos católicos ese sentido pasa por la conmemoración de un hecho trascendental en nuestra creencia: el nacimiento de Jesús, la llegada de Dios hecho hombre. Escribo hecho y no fecha adrede, porque más allá de cuestionamientos que puedan surgir sobre “la fecha exacta”, lo relevante es el hecho que celebramos. Tan importante es que existe, en el papel, un tiempo de preparación, que es el Adviento. Lo paradójico, para no decir lo triste, es que en la práctica la gran mayoría de esos tapones, caos, ruido, fiestas y descontrol decembrino están vinculados a cualquier cosa menos al motivo real de esta conmemoración. Una de las frases del celebrado que más recuerdo siempre es aquella de “donde está tu tesoro ahí está tu corazón”. En diciembre el corazón de esa mayoría está en cualquier cosa menos en El. De hecho, a mi me cuesta muchísimo prepararme en Adviento o reflexionar sobre el nacimiento de Jesús, en medio del esfuerzo que hago por sobrevivir a la enorme ansiedad que me suele ocasionar el desmadre que se genera ya desde finales de noviembre. Lo mío es una montaña rusa en la que se intercalan momentos donde rozo ese espíritu anhelado con momentos donde los bocinazos y el tapón en la propia puerta de casa tiran todo esfuerzo por la borda.
Uno imagina que aún para los no creyentes, diciembre debería ser un tiempo de alegría, entusiasmo, buenas intenciones y compartir con seres queridos, o cuando menos aprovechar los feriados -donde los haya- para desconectar de la rutina diaria. Digo que imagino, porque al ser una conmemoración importante para mí, más allá de los retos que conlleva por estos días, nunca he podido desligarme del carácter especial y la significación que tiene.
Iniciaba señalando que todo surgió viendo una de las tantas películas con temática “navideña” que se estrenan cerca del fin de año. Normalmente no tienen nada que ver con el hecho que se celebra, y algunas simple y sencillamente tienen alguna decoración alusiva, pero de navideñas nada. Aún así, no me ruboriza señalar que la mayoría de las que he visto me gustan.
Que sí. Que acabo de indicar que no se enfocan en el hecho que se conmemora. Pero casi todas ellas intentan transmitir de alguna forma mensajes positivos. Que sí, que son historias románticas casi todas con una misma línea argumental, que nunca ganarán un premio, que son cursis, que a veces son parte de un relato inverosímil. Pero me resultan un entretenimiento de par de horas en las que te olvidas por un momento de la realidad. En medio de diciembres descontrolados y en un mundo de permanente auto destrucción, dame a mi siempre antes que eso una buena dosis de cursilería. Si una película de argumento previsible e inevitable final feliz me trae un poco de paz, dámela siempre, que total no soy crítico de cine ni sibarita en materia fílmica (ni en ninguna otra materia). Si la cursilería romántica me va a dejar un mensaje de amor, dámela siempre antes que el odio y esa devastadora falta de empatía que sobra en la realidad existente al apagar el televisor.
Por qué esperar Navidad para tener un espíritu navideño. La respuesta probablemente pasa por la muchas veces indescifrable naturaleza del ser humano. Primero tendríamos que tratar de ser un poquito más coherentes para enfocarnos en el verdadero significado de ese espíritu. Si algún día lo logramos, y nos enfocamos en el celebrado, Jesús, y su mensaje fundamental, el del amor, probablemente descubriríamos que valdría la pena no solamente vivirlo, sino trasladar ese espíritu a enero, febrero y a todo el año venidero.
Que se yo. Mi naturaleza escéptica me lleva a asumir que yo no veré el resultado de ese trabajo de coherencia si es que algún día lo iniciamos de verdad. Mi necesidad de creer que nada es imposible me lleva a desear que mis hijos y sus hijos vivan navidades futuras en donde diciembre sea el epílogo de un año entero vivido con empatía y con espíritu de Navidad.
Y es que actualmente en las noches navideñas brillan por las calles infinitas luces incandescentes que muchas veces maquillan las sombras que llevamos en el corazón. Es en ese corazón donde realmente debería brillar la luz que trajo al mundo aquel que es el verdadero celebrado de la Navidad.