a veces hay que ser un poco travieso

Dicen que todos los días se aprende algo. En mi condición de padre de una de las niñas parte del elenco, Matilda El Musical ha sido una especie de campamento de teatro veraniego, con un aprendizaje intensivo a una edad en la que ya no tenía previsto poder disfrutar de uno. Pero eso es algo que compartiré posteriormente en una publicación más centrada en mi experiencia personal.
Realizaba la mención de ser padre de una persona involucrada en la obra, porque así se puede entender cualquier dosis de inevitable subjetividad líneas abajo. Y como soy un padre debutante en estas lides teatrales, también se podrá entender mi descubrimiento de cosas que para algún lector con experiencia en el tema pudieran resultar obvias.
Matilda El Musical es una producción extraordinaria. Maravillosa. Un esfuerzo sin precedentes -salvo que alguien me recuerde una obra teatral en la que se haya construido un teatro de 600 butacas exclusivamente para ello- de personas a las que he conocido en estos meses y a las que he aprendido a respetar y admirar. Un sueño nacido hace más de diez años y convertido en realidad con paciencia, perseverancia y contra viento y marea por Edilenia Tactuk y Alicia Cabrera. Paciencia para esperar años por la posibilidad de obtener los derechos, perseverancia por la convicción de realizarlo, y contra viento y marea porque cuando comenzaron a surgir los obstáculos que inevitablemente se presentan en todo emprendimiento, redoblaron la apuesta con indomable actitud.
Obtenida la licencia que convirtió a República Dominicana en apenas el tercer país de habla hispana en poder disfrutar de Matilda El Musical tras España y Argentina, Edilenia como productora y Alicia junto a Attilio Rigotti como codirectores realizaron un casting al que se presentaron más de 400 personas y del que se eligieron a los 35 artistas que finalmente conformaron el elenco. Luego presentaron a Janina Rosado, Paola González y Erick Roque como directoras musical, vocal y coreógrafo respectivamente y junto a un equipo de más de cien personas pusieron manos a la obra.

¿El resultado? Una experiencia distinta desde el mismo momento en que se arriba al Teatro La Fiesta del Hotel Jaragua. La entrada del teatro presentando el nombre de la obra con las luces y el formato que vemos en las grandes producciones. Ingresar conlleva una inmediata inmersión en el mundo de Matilda: una hermosa biblioteca con los libros que ha leído y con los que sueña leer y el pasillo del colegio desde donde se observa al fondo una frase que es un buen resumen de la obra: “para cambiar al mundo se necesita una pequeña genio”. Recomiendo tomarle una foto al pasillo antes y después de la obra, así se podrá apreciar un detalle muy especial tras la “rebelión”.
Antes del ingresar al teatro se encuentra un pequeño local en donde uno se puede agenciar de bebidas, cocaleca, sánguches y al lado la posibilidad de adquirir suéteres, camisetas y gorras con el logo de la obra. Y entonces sí, toca ingresar y encontrar un teatro nuevecito, construido solo por y para Matilda. Con sus butacas de estreno color azul revoltoso desde las que se puede observar perfectamente un escenario donde descansa una escenografía impresionante, majestuosa. Un trabajo enorme de Angela Bernal y equipo en el que se ha cuidado hasta el mínimo detalle.

Lo que viene luego es el trabajo impecable de un elenco que se ha preparado por más de cuatro meses y en el que se percibe una sinergia y una empatía grupal que hace que todo fluya a plenitud. Se hace necesaria una mención especial a quienes tuvieron a su cargo el proceso de selección del elenco ya que cada actor y actriz seleccionado parece pintado para su papel: las Matildas están sublimes. Una de ellas encanta con su ternura, la otra atrapa con su energía; ambas deslumbran con su voz. El ensamble infantil desborda talento a raudales: los Bruce sufren a su directora, pero megáfono en mano resultan vencedores, bizcocho de chocolate engullido de por medio; Amanda vuela por los aires con su inocencia y sus trenzas intactas; Alicia, Hortensia y Eric exponen maestría en la danza con pasos que maravillan al público junto al travieso Nigel cuando la “narcolepsia” se lo permite; en medio de todo ello, Lavanda juega con su renacuajo mientras se enorgullece de ser la mejor amiga de Matilda. El talento infantil se complementa con las niñas del coro y su perfecta participación vocal en cada canción. Cuanto talento en este ensamble infantil.
Y cuanto talento en el coro y ensamble adulto por supuesto. He descubierto en esta experiencia lo impresionante que es el trabajo de quienes conforman estos ensambles. A lo mejor uno como espectador poco dado a los detalles o ignorante de los mismos no valora ese trabajo como debería. Numerosos papeles en la misma obra que implican cambiar el ánimo en función al personaje y sobre todo el reto de cambiar de vestuario, en ocasiones, en los pocos segundos que permite el paso de una escena a otra. Se lucen en todo lo que hacen. Recomiendo, por sólo citar par de escenas, el trabajo que hacen como jueces de la competencia de baile en “Gritar”, como alumnos de la escuela en “La canción del agujero”, y como el desopilante equipo ruso a ordenes de Sergei. También las performances individuales como la del escapista, Miguel el hermano de Matilda, el doctor de la señora Wormwood y, por supuesto, su “amigo” Rodolfo, que se roba el show con sus pasos de baile. A partir de ahora me resultará imposible ser indiferente al trabajo de los ensambles en cuanta obra futura vaya a ver.
Por último, pero no por ello menos importante, el trabajo de los principales personajes adultos de la obra: la Sra. Phelps embelesada con los relatos de Matilda, los Wormwood tan exasperantes con Matilda como aclamados por la audiencia -salvo ese “pequeño momento” en el que el señor Wormwood “comparte” con el público su devoción por la televisión-; audiencia que se postra a los pies de una Tronchatoro temible e imponente, y que se conmueve hasta las lágrimas con la dulzura y el enorme registro vocal de la señorita Miel.
Cada escena y cada actuación permite destacar no solo la dirección de Alicia y Attilio sino también el trabajo de Paola en las voces, de Erick en cada una de las coreografías y de Janina junto a su orquesta brillando ante el reto de un musical exigente. Ríes, lloras, disfrutas, sufres, sueñas, despiertas, cantas, aplaudes, y al final te pones de pie ante una obra que es un clásico y es llevada a las tablas del escenario con un amor, una dedicación, un profesionalismo y un talento que merece la pena ser disfrutado, apreciado y valorado. Ese es uno más de los aprendizajes que me llevo de Matilda: apoyar, disfrutar y valorar el trabajo de los muy talentosos artistas con los que cuenta este país que me acoge hace ya más de veinte años. ¿Los demás aprendizajes? En un próximo post más personal.
Felicitaciones a todas las personas involucradas en Matilda El Musical. Para lograr resultados como los que han logrado a veces hay que ser un poco travieso y toca hacerlo bien. Vaya que lo hicieron.
